viernes, 6 de marzo de 2015

Carta a los nietos


Ni siquiera me atrevo a empezar esta carta con la habitual entrada de «Queridos nietos»; porque no creo que haya nada que demuestre que entre nosotros y vosotros haya algún cariño.

Nosotros nacimos en un país feo, gris, piojoso y lleno de órdenes. Nos asustaban tanto, que lo que todos llamamos respeto y buenas maneras era miedo. Cualquiera, desde cualquier ventanilla, era superior a nosotros y en el colegio era muy difícil no recibir un reglazo, tirón de oreja o una paliza, según las entendederas del educando y la bestialidad del educador; que no se daba cuenta de que, después de la paliza, el torpe seguía torpe y el bestia cada vez más bestia. Porque una paliza sólo modifica al que la da.

Con el discurrir de los años nos fuimos dando cuenta de que había otros mundos en los que las cosas funcionaban de distinta forma y nos fueron entrando las ganas de probar otros sistemas políticos; así que cuando al que mandaba se le fue agotando su tiempo, unos con fuerza, otros  con valentía, otros con prudencia, otros con miedo y todos con ilusión y esperanza, fuimos probando lo que significaba tener una patria libre, sin dictadores y en la que uno podía sentirse como un habitante y no como un huésped.

Pero no caímos en la cuenta de que la democracia no es tal si no nos proporcionamos una manera de vigilar y aún castigar a quienes se sirven de ella, al mismo tiempo que fuimos aburguesándonos con la satisfacción de que todo estaba hecho; cuando la vida es como la labor que tejía Penélope, que nunca se concluye.

Nos tiramos en el sofá con el mando a distancia con la satisfacción contrahecha de que eran trofeos que habíamos conquistado; y nos rodeamos de pobres bienes de consumo de los que empezamos a ser esclavos; mientras, nuestros hijos crecían en un mundo de decorado sin recibir otra  instrucción que no fueran las marcas de los productos. No fuimos capaces de enseñarles que la salvación no puede ser individual y que lo que tenemos, sólo se disfruta si todos lo disfrutan. No les enseñamos que cada uno nace con la obligación de cambiar el mundo (los buenos intentando cambiarlo para bien y los malos para su provecho). Sólo han aprendido a tener un poco más que el vecino sin tener en cuenta de dónde saliera eso; así que el teatro en el  que nos movemos, cada vez tiene más decorado y menos guión que merezca la pena ser interpretado.


Y ahora, vosotros, los nietos, no vais a heredar un país feo, gris y piojoso. El mundo que heredáis está lleno de colorines y de aparatos digitales. Donde había piojos pusimos ‘enfermedades raras’; el miedo lo cambiamos por agresión y les estamos haciendo pasar a los maestros de hoy, lo que sufrimos con los de ayer; pero os puedo asegurar que en lo demás, todo lo que vais a recibir será peor que lo que nosotros recibimos. Por eso decía arriba que no hay motivo para que nos tengáis cariño.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Amas de casa

Tengo una amiga que un día me dijo: “Po yo soy ama de casa y mantenida; y soy de feliz…”. Y yo pensé que qué buena frase para que se la rotulara en una camiseta y se fuera al mercado a hacer la compra con ella puesta.
Hoy no es políticamente correcto decir eso, porque en seguida salen progresistas y progresistos a recordarnos la lucha por la liberación y patatín patatán. Y no lo entiendo, porque a pesar de que es legítimo, natural y obligatorio que una mujer desee aprender una profesión y vivir de ella para no tenerse que sentir dependiente de otra persona, nunca creí que el progreso se basaría en que para vivir una familia fuera imprescindible unir dos salarios. Por ahí, tenemos que reconocer que el capitalismo nos ha dado coba; pero un “cobaso” gordo. Porque si una chavala (o chaval) deseara, a partir de que se casara, quedarse en casa a ejercer las labores propias del hogar, lo primero que le diría su pareja sería que de eso nada, monada, que en la casa iba a hacer falta el dinero de los dos; porque el de uno es para la hipoteca para toda la vida por una mierda de piso y el del otro para medio comer.  De modo que, no sólo estamos condenados, por culpa de la hipoteca, a soportar en el trabajo todas las vejaciones imaginables y algunas más, sino que, encima,  hemos perdido la libertad de elegir ser ama (o amo) de casa; una profesión, por otro lado, no sólo dignísima, sino altamente gratificante si se ejerce con raciocinio y no con fanatismo; porque, entre otras cosas, si no estamos hablando de un matrimonio en el que alguien ejerce la tiranía sobre el otro, quien se quede en casa no tiene jefe, horario rígido ni otro reglamento que no sea el propio.
Y lo que es peor: el hecho triste de que con un salario no se puede alimentar una familia, lo hemos asumido como natural; y no hay sindicato que se plantee una lucha para reivindicar lo que se ha perdido, porque las mujeres de los sindicatos y los partidos políticos, acusarían de machistas a quienes intentaran plantear una lucha en la que estaría presente el derecho a ser ama de casa. Ese término está proscrito en el lenguaje feminista.

Sin embargo muy poca gente, incluyendo a sindicalistas y políticos, tiene escrúpulos a la hora de contratar, a cambio de limosna y sin seguridad social, a chavalas para limpiar y cuidar niños. Niñeras y criadas de toda la vida, aunque ahora tuteen a la “señorita”. Más triste aún: miles de abuelas que ya cumplieron con creces con sus responsabilidades de esposas y madres y, ahora, cuando la vida les puede regalar unos añitos de tranquilidad merecida, sus hijas las cargan con niños que ellas, gustosas, acogen; pero ya sin la agilidad de otros tiempos. Es curioso: para no ser amas de casa, como lo fueron sus madres, las explotan cuando más necesitan descanso.
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Despedida

Espero haber tenido el tacto suficiente como para que esto te haya sabido a poco.

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