miércoles, 22 de agosto de 2012

Palabras viejas

 

Hay periodistas que siempre intentan sorprender inventando palabras sin sentido porque en esto del lenguaje, también las palabras parece que se ponen antiguas. Yo sé que ellos son muy suyos y cuando se emperran en alguna palabra nueva porque sea más larga o más sonora que la que antes se usaba, la usan hasta la saciedad sin preocuparse en mirar si significan lo que ellos quieren que signifiquen. Y por mucho que se les diga, no hay manera de bajarlos del burro.

Ocurre con el término ‘alimentario’ que lo usan en lugar de alimenticio porque es más sonora y más modernita; pero no tienen casi nada que ver la una con la otra. O vergonzante, en lugar de vergonzoso; que no son la misma cosa.

Ahora se está repitiendo mucho lo de ‘amartizar’, que es, dicen, cuando una nave toca Marte.

Cuando un avión toca tierra, se dice aterrizar; pero ese verbo no significa posarse en la Tierra como planeta, sino en la tierra como suelo. Aterriza porque toca tierra firme; no porque viene a la Tierra; igual que si le decimos a alguien cuerpo a tierra, se tira al suelo. Cuando ese mismo avión se posa en el mar, se dice amerizar. Si fuera como ellos dicen, se diría aterrizar también cuando llega al mar, porque la tierra y el mar pertenecen al mismo planeta.

Cuando llega una nave a la luna, ellos dicen alunizar; si en la luna hubiera un mar y allí llegara la nave ¿qué dirían? ¿Y si llegamos a Júpiter? ¿Ajupiterizar?

Lo lógico y de sentido común es decir aterrizar en la luna, en Júpiter o en Marte y dejarse de pamplinas; pero diciendo lo correcto no se presume ni se sorprende a nadie; y eso es lo que les gusta a algunos

CARTA A LOS NIETOS


Ni siquiera me atrevo a empezar esta carta con la habitual entrada de «Queridos nietos»; porque no creo que haya nada que demuestre que entre nosotros y vosotros haya algún cariño.
Nosotros nacimos en un país feo, gris, piojoso y lleno de órdenes. Nos asustaban tanto, que lo que todos llamamos respeto y buenas maneras era miedo. Cualquiera, desde cualquier ventanilla, era superior a nosotros y en el colegio era muy difícil no recibir un reglazo, tirón de oreja o una paliza, según las entendederas del educando y la bestialidad del educador; que no se daba cuenta de que, después de la paliza, el torpe seguía torpe y el bestia cada vez más bestia. Porque una paliza sólo modifica al que la da.
Con el discurrir de los años nos fuimos dando cuenta de que había otros mundos en los que las cosas funcionaban de distinta forma y nos fueron entrando las ganas de probar otros sistemas políticos; así que cuando al que mandaba se le fue agotando su tiempo, unos con fuerza, otros con valentía, otros con prudencia, otros con miedo y todos con ilusión y esperanza, fuimos probando lo que significaba tener una patria libre, sin dictadores y en la que uno podía sentirse como un habitante y no como un huésped.
Pero no caímos en la cuenta de que la democracia no es tal si no nos proporcionamos una manera de vigilar y aún castigar a quienes se sirven de ella, al mismo tiempo que fuimos aburguesándonos con la satisfacción de que todo estaba hecho; cuando la vida es como la labor que tejía Penélope, que nunca se concluye.
Nos tiramos en el sofá con el mando a distancia con la satisfacción contrahecha de que eran trofeos que habíamos conquistado; y nos rodeamos de pobres bienes de consumo de los que empezamos a ser esclavos; mientras, nuestros hijos crecían en un mundo de decorado sin recibir otra instrucción que no fueran las marcas de los productos. No fuimos capaces de enseñarles que la salvación no puede ser individual y que lo que tenemos sólo se disfruta si todos lo disfrutan. No les enseñamos que cada uno nace con la obligación de cambiar el mundo (los buenos intentando cambiarlo para bien y los malos para su provecho). Sólo han aprendido a tener un poco más que el vecino sin tener en cuenta de dónde saliera eso; así que el teatro en el que nos movemos, cada vez tiene más decorado y menos guión que merezca la pena interpretar.
Y ahora, vosotros, los nietos, no vais a heredar un país feo, gris y piojoso. El mundo que heredáis está lleno de colorines y de aparatos digitales. Donde había piojos pusimos SIDA; el miedo lo cambiamos por agresión y les estamos haciendo pasar a los maestros de hoy, lo que sufrimos con los de ayer; pero os puedo asegurar que en lo demás, todo lo que vais a recibir será peor que lo que nosotros recibimos. Por eso decía arriba que no hay motivo para que nos tengáis cariño.

SALIERISMO

 

Siempre intenté no ser envidioso ni envidiado; pero claro, lo de envidioso se puede conseguir con un poco de esfuerzo; pero lo de envidiado… aunque uno se comporte con naturalidad, no haga alardes de ningún tipo, ni demuestre predilección por objetos que sólo sirven para despertar sentimientos oscuros y cosas así, pues es difícil evitarlo; porque como no depende de uno puesto que uno es el objeto pasivo y el que te envidia, encima, lo hace con disimulo…

Pero yo iba a un comentario que ha hecho Fernando Santiago de mí, tratándome de intruso en la profesión de periodista. Lleva el hombre mucho tiempo con eso; bueno, con eso y con todo; porque no conozco un articulista que se repita tanto (quizá Pérez-Reverte, que por eso dejé de leerlo); todos los veranos nos tiene este buen señor, me refiero a Santiago, que poner de chusma a todos los que vamos a la playa; cada verano la misma cantinela cansina de querer hacer gracia a costa de meterse con los que queremos pasar un día como nos dé la gana aunque comamos arena; y todos los años nos tiene que recordar al cruzado don Romualdo para darme una de cal.

Yo lo comprendo; tiene mucha malage haber estudiado una carrera, para que te llegue un niñato, mecánico de Astilleros y sin estudios primarios, y que escriba mejor que tú; en verso y en prosa. Eso revuelve tus centros. Pero si tú eres un intelectual, no deberías portarte como los «chusmas» que criticas.

Que a un insignificante (como yo) le concedieran el mejor sitio y el mejor día del Diario de Cádiz para escribir lo que le diera la gana y durante dieciocho años, es complicado asumir.

También es difícil digerir, que a ese intruso le conceda un premio la Unión de Periodistas (que ya no existe) por su «labor valiente en las retransmisiones del Concurso del Falla»; y que más tarde reciba otro premio de la Asociación de la Prensa (con su voto en contra, claro) como miembro del equipo de Onda Cádiz, también por las retransmisiones.

Son cosas a las que nunca di importancia; pero claro, yo no estoy nada más que en mi pellejo.

Un amigo mío le llama a esto «salierismo»; que viene del coraje que le daba a Salieri que Mozart hiciera la música como el que juega al billar. Hombre, ya sé que yo no soy Mozart; pero él tampoco es Salieri.

Lo que yo he dicho siempre: no se debe uno fiar de quien no sabe compartir una copa con un amigo: la coca-cola sola produce diarreas de todo tipo.

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Despedida

Espero haber tenido el tacto suficiente como para que esto te haya sabido a poco.

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