viernes, 27 de febrero de 2015

El placer de aprender



Cuando con 13 años abandoné el colegio porque la economía familiar casi lo exigía, no sabía gran cosa. Con el discurrir de los días y un poco de voluntad, fui aprendiendo cositas.
No es que presuma de saber (no se me ocurriría) pero no puedo evitar sentirme un poco orgulloso de haberme rodeado de gente de las que aprendí algo.
Por eso, en la vida hay dos cosas que me gustan sobre todas las demás: aprender de la gente y enseñar a otros lo que voy aprendiendo. 

Pero qué difícil es. Qué mal queda uno cuando le dice a alguien que tal palabra se dice de tal manera o se escribe con tilde. Y siempre recibe excusas tontas: "Es que como escribo muy de prisa..." "Es que escribo con el corazón y me caliento..." Todo menos admitir su fallo o error.
Qué mal miran a uno cuando ante un objeto dice ¿sabes cómo se llama ésto? En el silencio que se hace uno escucha: "Ya está el pedante éste presumiendo de lo que sabe".
A esa gente me la imagino siempre en una ciudad que no es la suya preguntando por un lugar determinado y al enterarse de dónde está, increpar al que le ha informado: ¿¡Usté qué que lo sabe to!?
Con lo bonito que es decir simplemente: "¡Ah!, pues no lo sabía, gracias." Pero lo bonito cada vez es más difícil de conseguir.

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Despedida

Espero haber tenido el tacto suficiente como para que esto te haya sabido a poco.

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